Desde las instancias encargadas de la reconciliación solo unos caben y otros, no.

Por: José Manuel Acevedo*

A mí también me pareció valioso el ejercicio de ver al padre Francisco de Roux y a los ‘comisionados de la verdad’ oyendo, cuestionando e interrumpiendo al expresidente Álvaro Uribe hace ocho días. Como ejercicio de catarsis para los unos y para el otro era importante, así no hubieran sido tan inquisitivos con ninguno de los otros expresidentes. Samper pidió que lo oyeran en varias tandas, a Gaviria lo visitaron en su apartamento de manera privada y a Santos solo le podía hacer un par de preguntas De Roux porque el exmandatario pidió que el padre fuera su único interlocutor.

Por supuesto que me gustó ver también a Ingrid Betancourt, en su momento, frente a sus victimarios de las Farc cantándoles la tabla y exigiéndoles reparación real frente a las víctimas que a estas alturas siguen esperando lo que prometieron dar y nada que les llega.

Todo eso está muy bien porque estos encuentros contribuyen ciertamente a que los contrarios se miren a los ojos y se digan lo que tengan que decirse. Pero eso mismo lo pudo haber organizado una universidad, la misma Iglesia católica, una organización respetable, sin necesidad de la parafernalia de una Comisión de la Verdad.

La comisión, su utilidad y su contribución real a la paz serán medidas por los colombianos cuando entreguen el informe final y concluyan su mandato, y entonces sabremos si dijeron toda la verdad o solo un pedazo de verdad.

Está claro que merecen la oportunidad de escribir las páginas del conflicto que quieran en sus propias plumas sin que sean descalificados a priori y es cierto que ningún informe, por esforzado que sea, contará con aplausos unánimes y siempre habrá alguien a quien no le guste. El punto es que es difícil no recordar que pudiendo haber sido una comisión pluralista desde sus inicios, se quedaron solo con unos comisionados que piensan de una determinada manera y que tienen una visión de país que es fácil de predecir. Está en sus trinos, está en sus expresiones públicas, está en la posición que asumieron las ONG a las que pertenecieron en el pasado. Claro que era bueno que algunos de ellos conformaran esta comisión, ¿pero por qué todos tenían que hacer parte de la misma corriente ideológica? ¿Por qué todos tenían que tener ese mismo concepto de ‘verdad’ preconcebido y no permitieron una composición más diversa desde el principio?

Cómo olvidar que pudiendo darle siquiera cabida a una persona que no pensara como ellos, desecharon sin razón alguna el nombre del exmagistrado Nilson Pinilla, que ya había hecho parte de la Comisión de la Verdad del Palacio de Justicia y había sido presidente de dos instituciones como la Corte Suprema y la Corte Constitucional. ¿Solo servía como credencial para entrar a la Comisión de la Verdad ser columnista de izquierda o “compartir principios con las Farc” o ponderar la sabiduría de ‘Jesús Santrich’, como lo ha manifestado la comisionada Lucía González?

Ese pecado original quedó ahí, sin que la Comisión se haya podido sacudir de esa crítica fundada. Su única y última oportunidad estará en el informe final que escriban, en el que, por cierto, habrá que leer lo que digan de los empresarios del país a quienes, también prejuiciosamente, algunos han metido en el saco de financiadores y auspiciadores de los grupos violentos, cuando la inmensa mayoría lo único que hizo fue resistir y sufrir los embates de una narcoguerrilla y unos paramilitares que los extorsionaban, secuestraban y mataban, como mostró en un completo informe el Instituto de Ciencia Política, precisamente ante la Comisión de la Verdad.

Ojalá la posible prórroga del mandato que están solicitando en la Comisión viniera acompañada de una ampliación de sus miembros en esta recta final para tratar de tener otras voces y otras miradas sobre lo que nos pasó. No se puede pedir que todos quepan en Colombia si desde las instancias encargadas de la reconciliación solo unos caben y otros, no.

*Columnista de ElTiempo.com