José Félix Lafaurie Rivera

@jflafaurie

En el mes de enero, cuando lleguen a puerto los barcos con la leche en polvo que le quita el bienestar a nuestros ganaderos, allá estaremos, protestando por la decisión del “Comité Triple A” de negar la salvaguardia a las importaciones de Estados Unidos, y allá estaremos para decirle al país que no es cierto que esté faltando leche, como afirma el comunicado de Asoleche, en el que alerta sobre una disminución del 15% en la producción, equivalente a más de 1,6 millones de litros diarios.

Es raro que las autoridades de comercio nieguen la salvaguardia y surja de la nada, una “escasez” para justificar la decisión y las importaciones masivas. Es raro, porque la información del DANE registra crecimientos de la producción, de 8,8% en el primer trimestre, 12% en el segundo y 4,2% en el tercero, tendencia que, por el contrario, no es rara, sino acorde con un año de muchas lluvias, muchos pastos y, en consecuencia, mucha leche.

En gracia de discusión, sin embargo, aunque el agua es determinante para la producción, su exceso es contraproducente, por el encharcamiento y las inundaciones, a lo cual se suma el aumento exagerado de precios en concentrados y fertilizantes, lo cual podría afectar la oferta, pero en un porcentaje que, según estimaciones de FEDEGÁN, no supera el 3,4%.

No sabemos de dónde sacó la industria esa cifra tan conveniente a su imagen y a sus intereses importadores, pero es clara su “oportunidad”, con el mensaje subliminal de “Nos preocupan los ganaderos, pero más los consumidores y, si no hay leche, pues toca importar”, y claro, no es raro que, a partir del 1º de enero, se incrementen los cupos con arancel cero, que en los últimos años se han agotado antes de Reyes, y se disminuya el arancel extracupo, para los que no alcancen a  “la piñata” de importaciones baratas.

Hagamos más cuentas. Aún si la producción disminuye el 15% o el 3,4%, en ningún caso se afecta la industria ni es argumento para importaciones masivas, porque la industria no compra siquiera la mitad de la producción, que en 2020 superó los 7.300 millones de litros, de los cuales la industria formal compró 3.347 millones, es decir, el 46%.

Aun con las cuentas “raras” de Asoleche, descontado el autoconsumo en finca, del 10%, y su disminución del 15%, todavía le quedaría un “colchón” del 28% de leche disponible en el mercado local, y estoy seguro de que muchos pequeños ganaderos que hoy le malvenden su leche a la informalidad, estarían encantados de entrar al exclusivo club del “acopio formal” y recibir un mejor precio por su esfuerzo.

Pero es mucho pedir, la industria importó 73.000 toneladas en 2020, por 203 millones de dólares, que no recibieron nuestros ganaderos en plena pandemia, sino prósperos ganaderos estadounidenses principalmente, que vendieron más de 40.000 toneladas.

El 1º de octubre, el Ministerio de Agricultura actualizó en 7% el precio del litro de leche al productor, pero la industria, que nunca pierde, echó mano de sus inventarios, del orden de 10.000 toneladas, para disminuir las compras a mayor precio, y trasladó el aumento a los consumidores, pues el IPC de leche líquida subió 5,2% entre octubre y noviembre.

Es un juego de “con cara gano yo y con sello pierde usted”. Cuando alertan enlechadas, presionan el precio a la baja y disminuyen el acopio, pero siguen importando; y cuando alertan “escasez inexistente”, corren a importar todavía más. Son las cuentas “raras” de la industria láctea, que cuadran sus balances, pero empobrecen al ganadero.